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Quiero sentir tus manos acariándome... | 18 août 2010

Ahora que estaba aquí se me ocurrió …

No presentamos opinión alguna (ojo), sino datos puros. Es como si nos convirtiéramos en una computadora que sólo hace eso, dar la información que es requerida. En una reunión el líder puede decir: “ Señores, es necesario que nos pongamos el sombrero blanco respecto a las fallas que se producen en la línea 2” y todos darán información sobre estas fallas, no opiniones, sino datos y hechos. El gran problema que existe es que normalmente pedimos información del tipo sombrero blanco y recibimos una mezcla de datos con opiniones personales que se cuelan como datos y no podemos distinguir el límite entre uno y el otro, lo que le hace perder eficacia. Este es el famoso telefono malogrado que desterraremos con el sombrero blanco. ¡Y qué finos instrumentos de observación son nuestros sentidos! El olfato, por ejemplo, del que ningún filósofo ha hablado con veneración y gratitud, es hoy por hoy el instrumento más sensible de que disponemos, siendo capaz de captar incluso diferencias mínimas de movimiento que ni aun el espectroscopio registra. Poseemos hoy ciencia exactamente en la medida en que nos hemos decidido a aceptar el testimonio de los sentidos; en que hemos aprendido a aguzarlos aún más, armarlos, llevarlos a sus últimas consecuencias. Todo lo demás es chapucería y seudociencia, quiere decir, metafísica, teología, sicología, teoría del conocimiento, o bien ciencia formal, ciencia de los signos, como la lógica y las matemáticas, esa lógica aplicada. Ellas no tratan de la realidad, ni siquiera como problema; tampoco de la cuestión del valor, de tal convencionalismo de signos, como es la lógica. La otra condición de los filósofos no es menos peligrosa; consiste en confundir lo último con lo primero. Sitúan lo que se presenta al final, ¡desgraciadamente, pues no debiera presentarse!, los “conceptos más elevados”, esto es, los más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora, en el comienzo, como comienzo. Se expresa una vez más su manera de venerar: según ellos, lo elevado no debe desprenderse de lo bajo, no debe desarrollarse, en fin... Moraleja: todo cuanto es de primer orden ha de ser causa sui. El origen extrínseco se considera una objeción, algo que pone en tela de juicio el valor. Todos los más altos valores son de primer orden; todos los conceptos más elevados, el Ser, el absoluto, el bien, lo verdadero, lo perfecto; todo esto no puede ser algo posible y, por ende, debe ser causa sui. Mas todo esto tampoco puede ser desigual entre sí, estar en contradicción consigo mismo... Así llegan a su estupendo concepto “Dios”... Lo último, lo más abstracto y huero es establecido como lo primero, como causa en sí, como ens realissimum,... ¡Por qué la humanidad habrá tomado tan en serio las afecciones cerebrales de sutiles enfermos! ¡Bien caro lo pagó! ... El hombre superior, séame permitido consignarlo, no es amigo de la “profesión”, porque tiene conciencia de su vocación... Él tiene tiempo, se toma todo el tiempo; no le interesa estar “listo”; a los treinta años se es, en el sentido de elevada cultura, un principiante, un niño. Nuestros colegios colmados y nuestros profesores de enseñanza secundaria abrumados de trabajo y entontecidos son un escándalo; para defender tales estados de cosas, como lo hicieron el otro día los profesores de Heidelberg, existen tal vez causas, pero no ciertamente razones. Para no desmentir mi modo de ser, que es afirmativo y que sólo en forma mediata, involuntaria, tiene que ver con la objeción y la crítica, consigno a renglón seguido las tres tareas para las cuales son menester educadores. Hay que aprender a ver, hay que aprender a pensar y hay que aprender a hablar y a escribir; todo esto con miras a adquirir una cultura aristocrática. Aprender a ver, habituar la vista a la calma, la paciencia, la espera serena; demorar el juicio, aprender a enfocar desde todos lados y abarcar el caso particular. He aquí el adiestramiento preliminar primordial para la espiritualidad; no reaccionar instantáneamente a los estímulos, sino llegar a dominar los instintos inhibitorios, aisladores. Aprender a ver, como yo lo entiendo, es casi lo que el lenguaje no filosófico llama la voluntad fuerte; lo esencial de ésta es precisamente no “querer”, ser capaz de suspender la decisión. Toda falta de espiritualidad, toda vulgaridad obedece a la incapacidad para resistir a los estímulos, que fuerza al individuo a reaccionar y seguir cualquier impulso. En muchos casos, esta incapacidad supone morbosidad, decadencia, síntoma de agotamiento; casi todo lo que la grosería poco filosófica designa con el nombre de “vicio”, se reduce a esa incapacidad fisiológica para no reaccionar. Una aplicación práctica de este aprendizaje de la vista es la siguiente: en todo aprender el individuo se vuelve lento, receloso y recalcitrante. Lo extraño, lo nuevo, de cualquier índole que sea, lo deja por lo pronto acercarse a él con una calma hostil, retirando la mano. El estar con todas las puertas abiertas, la postración servil ante cualquier pequeño hecho, el sentirse dispuesto en todo momento a meterse, precipitarse sobre el prójimo y lo ajeno; en una palabra, la famosa “objetividad” moderna es mal gusto, lo antiaristocrático por excelencia. Aprender a pensar: se ha perdido la noción de esto en nuestros establecimientos de enseñanza. Hasta en las Universidades, incluso entre los estudiosos propiamente dichos de la filosofía, la lógica empieza a extinguirse como teoría, como práctica, como oficio. Leyendo libros alemanes, ya no se descubre en ellos el más remoto recuerdo de que el pensamiento requiere una técnica, un plan didáctico, una voluntad de maestría; que hay que aprender a pensar como hay que aprender a bailar, concibiendo el pensamiento como danza... ¿Dónde está el alemán que conozca todavía por experiencia ese estremecimiento sutil que los pies ligeros en lo espiritual irradian a todos los músculos? La rígida torpeza del ademán espiritual, la manera desmañada de asir, son tan alemanas, que en el exterior suele considerárselas lo alemán. El alemán no tiene el sentido del matiz... El que los alemanes hayan siquiera aguantado a sus filósofos, sobre todo al eximio Kant, el lisiado más contrahecho que se ha dado jamás en el reino de los conceptos, dice demasiado de la gracia alemana. Sabido es que la danza, en todo sentido, está inseparablemente ligada a la educación aristocrática. Si hay que saber bailar con los pies, con los conceptos, con las palabras: ¿es necesario agregar que hay que saber bailar también con la pluma, que hay que aprender a escribir? Mas llegado este punto es posible que yo me convierta en un completo enigma para los lectores alemanes... A los griegos no les debo en absoluto impresiones fuertes similares, y para decirlo sin ambajes, no pueden ser para nosotros lo que son para nosotros los romanos. No se aprende de los griegos; su modo de ser es demasiado extraño, también demasiado fluido, como para presentarse como imperativo, “clasicismo”. ¡Quién ha aprendido jamás a escribir de un autor griego! ¡Quién lo ha aprendido jamás sin los romanos! ... No se recurra a Platón en contra de mi aserto. Considero a Platón con profundo escepticismo y nunca he sido capaz de compartir la admiración por el artista Platón, tan generalizada entre los eruditos. En última instancia, los más refinados jueces del gusto de la antigüedad mismas están de mi parte en esta cuestión. Entiendo que Platón mezcla todas las formas del estilo; es así un primer décadent del estilo. Tiene sobre la conciencia algo parecido a lo que tienen los cínicos, que inventaron la satura Menippea. El diálogo platónico, esta forma terriblemente vanidosa e infantil de la dialéctica, sólo puede encantar a quien nunca ha leído a buenos autores franceses, como Fontenelle. Platón es aburrido. En último análisis, mi recelo hacia Platón tiene raíces profundas. Lo encuentro tan desviado de todos los instintos fundamentales de los helenos, tan moralizado, tan preexistente-cristiano, ya el concepto del “bien” es su concepto supremo, que ante todo el fenómeno “Platón” me inclino por emplear el término duro “embuste superior” o, si se prefiere, “idealismo”. Se ha pagado muy caro el que este ateniense buscara inspiración en los egipcios (¿o en los judíos residentes en Egipto?...). Dentro de la gran fatalidad del cristianismo, Platón es esa ambigüedad y seducción llamada “ideal” que permitió a los espíritus nobles de la antigüedad entenderse mal a sí mismos y cruzar el puente que conducía a la “cruz”... ¡ Y cuánto Platón hay todavía en el concepto “Iglesia”, en la estructura, el sistema y la práctica de la Iglesia! Mi solaz y preferencia, mi remedio contra todo platonismo, ha sido en todo tiempo Tucídides. Éste, y acaso el Príncipe de Maquiavelo, me son particularmente afines por la determinación incondicional de no engañarse a sí mismos y ver la razón en la realidad, no en la “razón” y menos en la “moral”... De la deplorable idealización de los griegos que el joven instruido en las humanidades clásicas se lleva a la vida, como fruto del adiestramiento a que se sometió en el colegio, nada cura tan radicalmente como Tucídides. Hay que saborearlo línea por línea y leer sus pensamientos secretos tan distintamente como sus palabras. Pocos pensadores hay tan pródigos en pensamientos secretos. En él halla su expresión cabal la cultura de los sofistas, vale decir, la cultura de los realistas: ese movimiento inestimable en medio del embuste moralista e idealista que empezaban a difundir a la sazón las escuelas socráticas. La filosofía griega, como la décadence, del instinto griego; Tucídides, como la gran suma, la última revelación de esa facticidad recia, severa y dura que caracterizaba el instinto de los helenos de los primeros tiempos. En definitiva, es la valentía ante la realidad la que diferencia a hombres como Tucídides y Platón; Platón es un cobarde ante la realidad, por ende se refugia en el ideal. Tucídides es dueño de sí mismo, por lo mismo dueño también de las cosas... Barruntar en los griegos “almas sublimes”, “justos medios” y otras perfecciones; admirar en ellos acaso la serenidad en la grandeza, la mentalidad idealista y la sublime ingenuidad... Contra esta “sublime ingenuidad”, que en definitiva es una niaiserie allemande, me ha prevenido el sicólogo que yo llevo dentro. Vi su instinto más poderoso, la voluntad de poder; los vi estremecerse bajo el embate arrollador de este impulso; vi todas sus instituciones surgir de medidas preventivas, con miras a ponerse en la convivencia a buen recaudo de la dinamita de que estaban cargados. La tremenda tensión interior se descargaba entonces en terrible y despiadada enemistad hacia fuera; las ciudades se despedazaban unas con otras, para que en cada una de ellas los vecinos convivieran en paz. Era necesario ser fuerte, pues el peligro acechaba cerca, en todas partes. La magnífica agilidad física, el realismo intrépido y la inmoralidad audaz propios del heleno eran apremio, no “naturaleza”. Estos rasgos se desarrollaron, no se dieron desde un principio. Y con las fiestas y las artes tampoco se perseguía otro propósito que el de sentirse arriba y mostrarse arriba; se trataba de medios de glorificarse a sí mismos, eventualmente de atemorizar... ¡Qué estupidez la de juzgar a los griegos al modo alemán por sus filósofos, de tomar acaso la estrechez y gazmoñería de las escuelas socráticas como revelación de la esencia helena! ... ¡Si los filósofos son los décadents del helenismo, el contramovimiento dirigido contra el antiguo gusto aristocrático (contra el instinto agonal, contra la polis, centra el valor de la raza, contra la autoridad de las “'tradiciones)! Predicábanse las virtudes socráticas porque los griegos las habían perdido; irritables, temerosos, veleidosos, comediantes todos ellos, les sobraban algunas razones para oír la prédica moral. La prédica ciertamente no sería para nada; pero ¡son tan dados los décadents a las palabras y actitudes altisonantes! ...

Hacer de tripas corazón.

Y tenía perfecta razón para entenderlo así; tanto más cuanto que, según me consta positivamente, Marx ignoró toda la obra literaria de Rodbertus hasta el año 1859 aproximadamente, en que su propia crítica de la economía política estaba ya perfilada, no sólo en líneas generales, sino incluso en cuanto a sus más importantes pormenores. Marx comenzó sus estudios económicos en París, en 1843, por los grandes ingleses; de los alemanes, sólo conocía a Rau y a List, y con ellos tenía de sobra. Ni Marx ni yo supimos una palabra de la existencia de Rodbertus hasta que en 1848 nos vimos en la necesidad de criticar, en la Neue Rheinische Zeitung, sus discursos como diputado renano y sus actos como ministro. Tan ignorantes estábamos de su persona, que hubimos de preguntar a los diputados renanos quién era aquel señor Rodbertus que aparecía convertido en ministro de la noche a la mañana. Pero tampoco ellos supieron revelarnos nada de sus trabajos económicos. En cambio, la Misére de la Philosophie, 1847, y las conferencias sobre Trabajo asalariado y capital pronunciadas en Bruselas en 1847 y publicadas en 1849 en los números 264–69 de la Neue Rheinische Zeitung, demuestran que Marx sabía ya perfectamente, por aquel entonces, sin necesidad de la ayuda de Rodbertus, no sólo de dónde proviene, sino también cómo "nace la plusvalía del capitalista". Fue allá por el año 1859 cuando Marx se enteró, por Lassalle, de que existía también un Rodbertus economista y cuando descubrió en el Museo Británico su "Tercera carta social". Prostitutas Barcelona Storch, que acepta también en principio la doctrina de A. Smith, encuentra, sin embargo, que la aplicación práctica que de ella hace Say es insostenible. “Si se admite que la renta de una nación es igual a su producto bruto, es decir, que no hay que deducir de éste ningún capital” (ningún capital constante, debiera decir), “hay que admitir también que esa nación puede consumir improductivamente el valor íntegro de su producto anual sin menoscabar en lo más mínimo su renta futura ... Los productos que forman el capital” (constante) “de una nación no son consumibles” (Storch, Considérations sur la nature du revenu national, París, 1824, pp. 147 y 150). Prostitutas BCN Respecto a nuestro problema, que puede ser denominado con buenas razones un problema silencioso y que sólo se di­rige, selectivamente, a un exiguo número de oídos, tiene in­terés no pequeño el comprobar que en las palabras y raíces que designan «bueno» se transparenta todavía, de muchas formas, el matiz básico en razón del cual los nobles se sen­tían precisamente hombres de rango superior. Es cierto que, quizá en la mayoría de los casos, éstos se apoyan, para darse nombre, sencillamente en su superioridad de poder (se llaman «los poderosos», los «señores», «los que man­dan»), o en el signo más visible de tal superioridad, y se lla­man por ejemplo, «los ricos», «los propietarios» (éste es el sentido que tiene arya; y lo mismo ocurre en el iranio y en el eslavo). Pero también se apoyan, para darse nombre, en un rasgo típico de su carácter: y este es el caso que aquí nos interesa. Se llaman, por ejemplo, «los veraces»: la primera en hacerlo es la aristocracia griega, cuyo portavoz fue el poeta megarense Teognis 21. La palabra acuñada a este fin, έσυλός [noble], significa etimológicamente alguien que es, que tiene realidad, que es real, que es verdadero; des­pués, con un giro subjetivo, significa el verdadero en cuan­to veraz: en esta fase de su metamorfosis conceptual la cita­da palabra se convierte en el distintivo y en el lema de la aristocracia y pasa a tener totalmente el sentido de «aristo­crático», como delimitación frente al mentiroso hombre vulgar, tal como lo concibe y lo describe Teognis, –– hasta que por fin, tras el declinar de la aristocracia, queda para de­signar la noblesse [nobleza] anímica, y entonces adquiere, por así decirlo, madurez y dulzor. Tanto en la palabra χαχός [malo] como en ςελός [miedoso] (el plebeyo en contraposición al άγανός [bueno]) se subraya la cobardía: esto tal vez proporcione una señal sobre la dirección en que debe buscarse la procedencia etimológica de αγανος, in­terpretable de muchas maneras. Con el latín malus [malo] (a su lado yo pongo μέλας [negro]) acaso se caracterizaba al hombre vulgar en cuanto hombre de piel oscura, y sobre todo en cuanto hombre de cabellos negros (hic niger est 22 [este es negro]––), en cuanto habitante preario del suelo ita­liano, el cual por el color era por lo que más claramente se distinguía de la raza rubia, es decir, de la raza aria de los conquistadores, que se habían convertido en los dueños; cuando menos el gaélico me ha ofrecido el caso exactamen­te paralelo, ––fin (por ejemplo, en el nombre Fin-Gal), la pa­labra distintiva de la aristocracia, que acaba significando el bueno, el noble, el puro, significaba en su origen el cabeza rubia, en contraposición a los habitantes primitivos, de piel morena y cabellos negros. Los celtas, dicho sea de paso, eran una raza completamente rubia; se comete una injusti­cia cuando a esas fajas de población de cabellos oscuros esencialmente, que es posible observar en esmerados mapas etnográficos de Alemania, se las pone en conexión, como hace todavía Virchow, con una procedencia celta y con una mezcla de sangre celta: en esos lugares aparece, antes bien, la población prearia de Alemania. (Lo mismo puede decir­se de casi toda Europa: en lo esencial la raza sometida ha acabado por predominar de nuevo allí mismo en el color de la piel, en lo corto del cráneo y tal vez incluso en los instin­tos intelectuales y sociales: ¿quién nos garantiza que la mo­derna democracia, el todavía más moderno anarquismo y, sobre todo, aquella tendencia hacia la commune [comuna], hacia la forma más primitiva de sociedad, tendencia hoy propia de todos los socialistas de Europa, no significan en lo esencial un gigantesco contragolpe ––y que la raza de los conquistadores y señores, la de los arios, no está sucum­biendo incluso fisiológicamente? ...) Creo estar autorizado a interpretar el latín bonus [bueno] en el sentido de «el gue­rrero»: presuponiendo que yo lleve razón al derivar bonus de un más antiguo duonus (véase bellum = duellum = duen­lum, en el que me parece conservado aquel duonus). Bonus sería, por tanto, el varón de la disputa, de la división (duo), el guerrero: es claro, aquello que constituía en la antigua Roma la «bondad» de un varón. Nuestra misma palabra alemana «bueno» (gut): ¿no podría significar «el divino» (den Góttlichen), el hombre de «estirpe divina» (góottlichen Geschlechts)?, ¿y ser idéntico al nombre popular (originaria­mente aristocrático) de los godos (Gothen) Las razones de esta suposición no son de este lugar. –– Prostitutas Pero volvamos atrás. Una autocontradicción como la que parece manifestarse en el asceta, «vida contra vida», es ––esto se halla claro por lo pronto––, considerada fisiológica y ya no psicológicamente, un puro sinsentido. Esa autocon­tradicción no puede ser más que aparente; tiene que ser una especie de expresión provisional, una interpretación, una fórmula, un arreglo, un malentendido psicológico de algo cuya auténtica naturaleza no pudo ser entendida, no pudo ser designada en sí durante mucho tiempo, –– una mera pa­labra, encajada en una vieja brecha del conocimiento hu­mano. Y para contraponer a ella brevemente la realidad de los hechos, digamos: el ideal ascético nace del instinto de protección y de salud de una vida que degenera, la cual pro­cura conservarse con todos los medios, y lucha por conser­varse; es indicio de una paralización y extenuación fisioló­gica parciales, contra las cuales combaten constantemente, con nuevos medios e invenciones, los instintos más profun­dos de la vida, que permanecen intactos. El ideal ascético es ese medio: ocurre, por tanto, lo contrario de lo que piensan sus adoradores, –– en él y a través de él la vida lucha con la muerte y contra la muerte, el ideal ascético es una estratage­ma en la conservación de la vida. En el hecho de que ese mismo ideal haya podido dominar sobre el hombre y ense­ñorearse de él en la medida que nos enseña la historia, espe­cialmente en todos aquellos lugares en que triunfaron la ci­vilización y la domesticación del hombre, se expresa una gran realidad, la condición enfermiza del tipo de hombre habido hasta ahora, al menos del hombre domesticado, se expresa la lucha fisiológica del hombre con la muerte (más exactamente: con el hastío de la vida, con el cansancio, con el deseo del «final»). El sacerdote ascético es la encarnación del deseo de ser––de––otro––modo, de estar––en––otro––lugar, es en verdad el grado sumo de ese deseo, la auténtica vehe­mencia y pasión del mismo; pero justo el poder de su desear es el grillete que aquí lo ata, justo con ello el sacerdote ascé­tico se convierte en el instrumento cuya obligación es traba­jar a fin de crear condiciones más favorables para el ser­aquí y ser––hombre, justo con este poder el sacerdote ascéti­co mantiene sujeto a la existencia a todo el rebaño de los mal constituidos, destemplados, frustrados, lisiados, pacientes­de––sí de toda índole, yendo instintivamente delante de ellos como pastor. Ya se me entiende: este sacerdote ascético, este presunto enemigo de la vida, este negador, –– precisamente él pertenece a las grandes potencias conservadoras y creadoras de síes de la vida... ¿De qué depende aquella condición en­fermiza? Pues el hombre está más enfermo, es más insegu­ro, más alterable, más indeterminado que ningún otro ani­mal, no hay duda de ello, –– él es el animal enfermo: ¿de dón­de procede esto? Es verdad que también él ha osado, innovado, desafiado, afrontado el destino más que todos los demás animales juntos: él, el gran experimentador con­sigo mismo, el insatisfecho, insaciado, el que disputa el do­minio último a animales, naturaleza y dioses, –– él, el siem­pre invicto todavía, el eternamente futuro, el que no en­cuentra ya reposo alguno ante su propia fuerza acosante, de modo que su futuro le roe implacablemente, como un agui­jón en la carne de todo presente: –– ¿cómo este valiente y rico animal no iba a ser también el más expuesto al peligro, el más duradero y hondamente enfermo entre todos los animales enfermos?... Muy a menudo el hombre se harta, hay epide­mias enteras de ese estar––harto (–– así, hacia 1348, en la época de la danza de la muerte): pero aun esa náusea, ese cansancio, ese hastío de sí mismo –– todo aparece tan poderoso en él, que en seguida vuelve a convertirse en un nuevo grillete. El no que el hombre dice a la vida saca a la luz, como por arte de magia, una muchedumbre de síes más delicados; más aún, cuando se produce una herida a sí mismo este maestro de la destrucción, de la autodestrucción, –– a continuación es la herida misma la que le constriñe a vivir... Barcelona putas No es necesario entrar aquí en todos los detalles de los gastos de circulación, como son por ejemplo el embalaje, la clasificación de las mercancías, etc. La ley general es que todos los gastos de circulación que responden simplemente a un cambio de forma de la mercancía no añaden a ésta ningún valor. Son simples gastos destinados a la realización del valor o a traducirlo de una forma a otra. El capital desembolsado para hacer frente a estos gastos (incluyendo el trabajo movilizado por él) figura entre los faux frais de la producción capitalista. Este capital debe reembolsarse del producto sobrante y representa, si nos fijamos en la clase capitalista en su conjunto una deducción de la plusvalía o del producto sobrante www.girlsmadrid.com La reserva adicional de producción se reduce ahora en 1/3. Como 4/5 de 300 libras esterlinas, del capital adicional II, era = 240 libras esterlinas, ahora es = 160 libras esterlinas solamente; es decir, representa una reserva adicional para 2 semanas, en vez de 3. Ahora, se renueva cada 2 semanas en vez de cada 3 y para 2 semanas solamente, en vez de 3, como antes. Por tanto, las compras, por ejemplo, en el mercado de algodón se repiten con mayor frecuencia y en menores proporciones. Pero al mercado se sustrae la misma cantidad de algodón, pues la masa del producto sigue siendo la misma que antes. Lo que ocurre es que esa cantidad se distribuye de distinto modo en el tiempo y en un período de tiempo más largo. Supongamos, por ejemplo, que se trate de 3 meses y de 2 y que el consumo anual de algodón sea de 1,200 balas. En el primer caso, el cuadro de ventas sería el siguiente: Escorts independientes valencia La cuestión obrera. La estupidez, en el fondo; la de­generación de los instintos, que hoy día es la causa de todas las estupideces, reside en que exista una cuestión obrera. Hay cosas de las que no se hace cuestión: imperativo primordial del instinto. Yo no veo en absoluto qué quiere hacerse con el obrero europeo, una vez que se le ha convertido en cuestión. Se encuentra en una situación demasiado ventajosa como para no plantear su cuestión de una maner=a cada vez más categórica e imperiosa. Cuenta, en de­finitiva, con la ventaja de la superioridad numérica. Se ha desvanecido por completo la esperanza de que en el obrero se cristalice como clase un tipo humano modesto y que se baste a él mismo, lo cual hubiera tenido sentido, pues resultâuu francamente necesario. ¿Qué se ha hecho? Se ha hecho todo por matar en germen hasta la idea de tal evolución; por obra de la más irresponsable despreocupación y ligereza se ha causado la destrucción total de los instintos, gracias a los cuales el obrero es factible, factible para sí mis­mo, como clase. Se ha desarrollado en el obrero la capacidad militar, se le ha acordado el derecho de coalición, el sufragio; no es de extrañar así que el obrero sienta en realidad su existencia como un apre­mio (moralmente hablando, como una injusticia). ¿Qué es lo que, en definitiva, se quiere? Si se intenta un fin, hay que procurar también los medios conducen­tes a su logro; si se quiere esclavos, es una locura educarlos para amos. Barcelona putas Fijémonos, por último, en la explotación forestal. “La pro­ducción forestal se distingue de la mayoría de las demás producciones, esencialmente, en que en ella obra por su cuenta la fuerza de la naturaleza y en que, donde el replanteo se efectúe de un modo natural, no requiere la acción del hombre ni del capital. E incluso allí donde los bosques se replantean artificialmente, la inversión de energías humanas y de capital es insignificante, en comparación con la acción de las fuerzas naturales. Además, los bosques crecen en terrenos y situaciones donde ya no se da el trigo o donde la pro­ducción de cereales no es ya rentable. Por otra parte los cultivos forestales exigen, para una explotación normal..., una superficie mayor que los cultivos de cereales, ya que en parcelas pequeñas no es posible abordar debidamente el cultivo forestal, se pierden casi siempre las posibilidades de empleos accesorios, resulta más difícil organizar la protección del bosque, etc. Pero el proceso de producción se halla sujeto a un período de tiempo tan largo, que excede de los posibles planes de una economía privada, y a veces incluso de la vida de un hombre. El capital invertido para adquirir el terreno que ha de destinarse a bosque [en un régimen de producción colectiva este capital no existe y sólo se plantea el problema de saber qué cantidad de terreno podrá sustraer la colectividad a la agricultura y a los pastos para destinarlo a bosque] no rinde frutos rentables hasta pasado mucho tiempo y sólo refluye parcialmente, no recuperándose en su totalidad sino en plazos que en ciertas clases de árboles pueden ser hasta de ciento cincuenta años. Además, la producción forestal continuada re­quiere, a su vez, una reserva de madera viva, que representa diez y hasta cuarenta veces el rendimiento anual. Por eso quien, poseyendo grandes extensiones de bosque, no dispone sin embargo de otros in­gresos, no puede organizar una explotación forestal en forma”. (Kir­chhof, p. 58.) Acompañantes Andalucía En primer lugar, el capital–dinero adicional necesario para la función del capital productivo creciente es suministrado por la parte de la plusvalía realizada lanzada a la circulación por los capitalistas como capital–dinero, en vez de ser puesta en circulación como forma–dinero de la renta. El dinero se halla ya en manos de los capitalistas. Lo único que difiere es su empleo. Acompañantes Valencia En el capitulo que acabamos de citar, A. Smith dice expresamente: “El total producto anual de la tierra y del trabajo de un país se ...divide naturalmente en dos partes. Una de ellas, y por regla general la mayor, se destina a reponer el capital, o a renovar las provisiones, materiales y la obra acabada ... la otra pasa a constituir un cierto ingreso del propietario del capital, como beneficio correspondiente a él, o de otra persona, en forma de renta de la tierra" (p. 301). Solamente una parte del capital, como nos dijo más arriba A. Smith, crea renta para todos al mismo tiempo, a saber: la que se invierte en comprar trabajo productivo. Esta –el capital, variable– realiza primeramente en manos del patrono y para él “la función de capital” y luego "crea una renta” para el mismo obrero productivo. El capitalista convierte una parte de su capital en fuerza de trabajo y, con ello mismo, en capital variable; esta transformación es precisamente la que permite que todo su capital y no sólo una parte de él funcione como capital industrial. El obrero –el vendedor de la fuerza de trabajo– obtiene, en forma de salario, el valor de la misma. En sus manos, la fuerza de trabajo no es más que una mercancía puesta en venta, la mercancía de cuya venta vive y que constituye, por tanto, su única fuente de ingresos; sólo en manos de su comprador, del capitalista, puede la fuerza de trabajo funcionar como capital variable, y el capitalista sólo adelanta aparentemente el precio pagado por dicha mercancía, pues en realidad el obrero le ha suministrado previamente su valor. sexo profesional barcelona El capital adicional se divide exactamente lo mismo que el primitivo. Pero lo que lo distingue del capital I es el hecho de que (prescindiendo de las condiciones del crédito), para que se halle disponible con vistas a su propio período de trabajo, tiene que estar desembolsado ya durante todo el tiempo del periodo de trabajo del capital I, a pesar de no incorporarse a él. Durante este tiempo puede convertirse ya, parcialmente al menos, en capital circulante constante, desembolsado para todo el período de rotación. Hasta qué punto revista esta forma o se mantenga bajo la forma de capital–dinero adicional, hasta el momento en que deba sufrir aquella transformación, dependerá en parte de las condiciones especiales de producción de determinadas ramas industriales, y en parte de las circunstancias locales, de las oscilaciones de precios de las materias primas, etc. Si nos fijamos en el capital global de la sociedad, veremos que una parte más o menos considerable de este capital adicional deberá mantenerse siempre durante largo tiempo bajo la forma de capital–dinero. En cambio, la parte del capital II destinada a invertirse en salarios se irá transformando gradualmente en fuerza de trabajo, a medida que los períodos de trabajo cortos vayan transcurriendo y se vaya pagando a los obreros. Por tanto, esta parte del capital II deberá existir en forma de capital–dinero durante todo el período de trabajo, hasta que, al convertirse en fuerza de trabajo, sea absorbida por la función del capital productivo. dama de compañía Desde el momento en que la parte de capital invertida en trabajo sólo se distingue de la invertida en medios de trabajo por su período de reproducción y, consiguientemente, por su plazo de circulación; desde el momento en que una de esas partes se halla formada por medios de subsistencia, al igual que la otra lo está por medios de trabajo, sin que exista entre unos y otros más característica distintiva que el grado más o menos rápido de caducidad, como entre los primeros existen, a su vez, grados de caducidad muy distintos, desaparecerá, naturalmente, toda differentia specifica entre el capital invertido en fuerza de trabajo y el que se invierte en medios de producción. Sauna relax Madrid

Pararle a alguien los pies.

Como hemos visto más arriba, el dinero que el capitalista paga al obrero por el empleo de la fuerza de trabajo no es, en realidad, sino la forma general de equivalente de los medios de vida necesarios para el obrero. En este sentido, puede decirse que el capital variable se halla formado, materialmente, por medios de vida. Pero el problema de la rotación es también, aquí, un problema de forma. El capitalista no compra los medios de vida del obrero, sino su misma fuerza de trabajo. La parte variable de su capital no está formada por los medios de vida del obrero, sino por su fuerza de trabajo puesta en acción. Lo que el capitalista consume productivamente en el proceso de trabajo es la fuerza de trabajo misma, no son los medios de vida del obrero. Es el propio obrero quien invierte en medios de vida el dinero obtenido a cambio de su fuerza de trabajo, para luego convertir nuevamente en fuerza de trabajo los medios de vida y seguir así viviendo, exactamente lo mismo que, por ejemplo, el capitalista invierte en medios de vida para su propio consumo una parte de la plusvalía obtenida de la mercancía que vende por dinero, sin que por ello pueda afirmarse que el comprador de su mercancía le paga en medios de vida. Aun en los casos en que al obrero se le pague en medios de vida, en especie, una parte de su salario, esto constituye ya una segunda transacción. Lo que ocurre es que el obrero vende su fuerza de trabajo por un determinado precio, acordándose que una parte de éste lo recibirá en medios de vida. Esto sólo hace cambiar la forma de pago, pero no altera para nada el hecho de que lo que realmente vende el obrero es su fuerza de trabajo. Se trata de una segunda transacción, que no medía ya entre el obrero y el capitalista, sino entre el obrero considerado como comprador de la mercancía y el capitalista que actúa como su vendedor, a diferencia de la primera transacción, en la que el obrero es el vendedor de la mercancía (de su fuerza de trabajo) y el capitalista su comprador. Exactamente lo mismo que si el capitalista se hiciese pagar su mercancía por otra; lo mismo que sí, por ejemplo, aceptase una determinada cantidad de hierro en pago de la máquina vendida a una empresa de altos hornos. No son, por tanto, los medios de vida del obrero los que adquieren la función de capital variable por oposición al capital fijo. Ni es tampoco su fuerza de trabajo, sino que es la parte de valor del capital productivo invertida en ella la que, mediante la forma de su inversión, asume este carácter, conjuntamente con algunos y por oposición a otros elementos del capital constante. compañia intima en barcelona Allí donde no haya en las inmediaciones artesanos para reparar o tiendas para adquirir lo que se necesite, deberán mantenerse reservas mayores que allí donde existen esos elementos en la localidad o en las cercanías. Si, en igualdad de condiciones, se compran, de una vez, en mayor o menor cantidad, las reservas necesarias, se tendrá, por regla general, la ventaja de comprarlas más baratas, siempre y cuando que se elija el momento adecuado para ello; claro está que esto sus­traerá, por otra parte, una suma mayor de una vez al capital cir­culante de explotación, la cual se echará a veces de menos en la explotación de la empresa”. (Kirchhof, p. 301.) escort de lujo 3) De aquí se desprende que aun cuando la parte mucho más considerable del capital productivo desembolsado se halle formada por capital fijo cuyo periodo de reproducción, y por tanto de rota­ción, abarque un ciclo de varios años, el valor–capital que efectúe su rotación durante el año puede, como consecuencia de las rota­ciones reiteradas del capital circulante durante este mismo año, ser mayor que el valor total del capital desembolsado. escorts barcelona Tan pronto como la ley impone la reducción de la jornada de trabajo, que crea ante todo la condición subjetiva para la condensación del trabajo, a saber, la capacidad del obrero para desplegar más fuerza dentro de un tiempo dado, la maquina se convierte, en manos del capital, en un medio objetivo y sistemáticamente aplicado para estrujar más trabajo dentro del mismo tiempo. Esto se consigue de un doble modo: aumentando la velocidad de las máquinas y extendiendo el radio de acción de la maquinaria que ha de vigilar el mismo obrero, o sea, el radio de trabajo de éste. El perfeccionamiento en la construcción de la maquinaria, es, en parte, necesario para ejercer una mayor presión sobre el obrero, y en parte un fenómeno que acompaña por sí mismo a la intensificación del trabajo, ya que la limitación de la jornada obliga al capitalista a administrar celosamente los gastos de producción. El perfeccionamiento de la máquina de vapor aumenta el número de golpes de émbolo por minuto y, al mismo tiempo, con un ahorro mayor de fuerza, permite impulsar con el mismo motor un mecanismo más voluminoso, sin aumentar, y aun tal vez disminuyendo, el consumo de carbón. El perfeccionamiento introducido en el mecanismo de trasmisión disminuye el frotamiento y reduce a un mínimo cada vez menor el diámetro y el peso de las bielas grandes y pequeñas, que es lo que distingue tan visiblemente la maquinaria moderna de la antigua. Finalmente, las mejoras introducidas en la maquinaria de trabajo disminuyen su volumen, a la par que aumentan su velocidad y extienden su radio de acción, como ocurre con el telar a vapor moderno; o bien aumentan, con su tronco, el volumen y el número de las herramientas movidas por la máquina, como acontece con la máquina de hilar, o la movilidad de estas herramientas, mediante modificaciones invisibles de detalle; así por ejemplo, hacia el año 1855 la selfacting mule hizo que aumentase en 1/5 la velocidad con que funcionaban los husos. callgirls girona Si tomamos los datos de Arthur Young, observador certero aunque superficial pensador, sobre el obrero agrícola de 1771, vemos que éste desempeña un misérrimo papel, comparado con su predecesor de fines del siglo XIV, en que podía vivir en la abundancia y acumular riqueza,74 y no digamos el del siglo XV, “la edad de oro del obrero inglés de la ciudad y del campo”. Pero, no necesitamos remontarnos tan atrás. En una obra de 1777, nutridísima de contenido, leemos: “Los grandes colonos se han elevado casi al nivel de los gentlemen, mientras los pobres jornaleros del campo andan casi a rastras... La lamentable situación de estos obreros salta a la vista con sólo comparar cómo viven hoy y cómo vivían hace 40 años... Terratenientes y colonos se dan la mano en la obra de oprimir al jornalero.75 Y a continuación, se demuestra al detalle que en el campo el salario real descendió, desde 1737 a 1777, casi en una cuarta parte o en un 25 por 100. “La política moderna –dice por la misma época el Dr. Richard Price– favorece a las clases más elevadas del pueblo; la consecuencia de esto será que todo el Reino quedará reducido, más tarde o más temprano, a dos clases de personas; gentlemen y mendigos, aristócratas y esclavos.”76 contactos de sexo Muy otra cosa acontece con el capital adicional de 2,000 libras esterlinas. El proceso de formación de este capital lo conocemos al dedillo. Este capital es plusvalía capitalizada. No encierra, desde su origen, ni un solo átomo de valor que no provenga de trabajo ajeno no retribuido. Los medios de producción a los que se incorpora la fuerza de trabajo adicional, así como los medios de vida con que ésta se mantiene, no son más que partes integrantes del producto excedente, del tributo arrancado anualmente a la clase obrera por la clase capitalista. Cuando ésta, con una parte del tributo, le compra a aquélla fuerza de trabajo adicional, aunque se la pague por todo lo que vale, cambiándose equivalente por equivalente, no hace más que acudir al viejo procedimiento del conquistador que compra mercancías al vencido y las paga con su propio dinero, con el dinero que antes le ha robado. www.modelcristina.com La segunda condición esencial que ha de darse para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como una mercancía, es que su poseedor, no pudiendo vender mercancías en que su trabajo se materialice, se vea obligado a vender como una mercancía su propia fuerza de trabajo, identificada con su corpo­reidad viva.

 

Jacobo I: Todo el que no tenga empleo fijo y se dedique a mendigar es declarado vagabundo. Los jueces de paz de las Petty Sessions quedan autorizados a mandarlos azotar en público y a re­cluirlos en la cárcel, a la primera vez que se les sorprenda, por seis meses, a la segunda vez por dos años. Durante su permanencia en la cárcel, podrán ser azotados tantas veces y en tanta cantidad como los jueces de paz crean conveniente... Los vagabundos peligrosos e incorregibles deberán ser marcados a fuego con una R en el hombro izquierdo y sujetos a trabajos forzados; y sí se les sorprende nue­vamente mendigando, serán ahorcados sin misericordia. Estos pre­ceptos, que conservan su fuerza legal hasta los primeros años del siglo XVIII, sólo fueron derogados por la 12 Ana c. 23. raquelmimosa.com 15 Dentro de la división manufacturera del trabajo, el tejer no era un trabajo manual simple, sino un trabajo complejo; por eso el telar mecánico es una máquina que ejecuta operaciones muy diversas. Es un error creer que la maquinaria moderna empieza adueñándose de aquellas operaciones ya simplificadas por la división manufacturera del trabajo. Durante el período de la manufactura, el hilar y el tejer se disociaron para formar categorías nuevas y sus herramientas se mejoraron y variaron, pero el proceso de trabajo, que no se desdobló para nada, siguió siendo manual. No es del trabajo, sino del instrumento de trabajo de donde toma su punto de partida la máquina. Sexo Barcelona En los orígenes históricos del régimen capitalista de producción –y todo capitalista advenedizo pasa, individualmente, por esta fase histórica– imperan, como pasiones absolutas, la avaricia y la ambición de enriquecerse. Pero los progresos de la producción capitalista no crean solamente un mundo de goces. Con la especulación y el sistema de crédito, estos progresos abren mil posibilidades de enriquecerse de prisa. Al llegar a un cierto punto culminante de desarrollo, se impone incluso como una necesidad profesional para el “infeliz” capitalista una dosis convencional de derroche, que es a la par ostentación de riqueza y, por tanto, medio de crédito. El lujo pasa a formar parte de los gastos de representación del capital. Aparte de que el capitalista no se enriquece, como el atesorador. en proporción a su trabajo personal y a lo que deja de gastar en su persona, sino en la medida en que absorbe la fuerza de trabajo de otros y obliga a sus obreros a abstenerse de todos los goces de la vida. Por consiguiente, aunque el derroche del capitalista no presenta nunca aquel carácter bien intencionado e inofensivo del derroche de un señor feudal boyante, pues en el fondo de él acechan siempre la más sucia avaricia y el más medroso cálculo, su derroche aumenta, a pesar de todo, a la par con su acumulación, sin que la una tenga por qué echar nada en cara a la otra. De este modo, en el noble pecho del capitalista individual se va amasando un conflicto demoniaco entre el instinto de acumulación y el instinto de goce. promocion web En estas condiciones, los portavoces de la economía política burguesa alemana dividiéronse en dos campos. Unos, gentes listas, prácticas y ambiciosas, se enrolaron bajo la bandera de Bastiat, el representante más vacuo y, por tanto, el más genuino de la economía política vulgar; otros, celosos de la dignidad profesoral de su ciencia, siguieron a J. Stuart Mill en la tentativa de conciliar lo inconciliable. Pero los alemanes continuaron siendo, en esta época de decadencia de la economía vulgar, lo mismo que habían sido en sus días clásicos: simples aprendices, ciegos émulos y adoradores, modestos vendedores a domicilio de los mayoristas extranjeros. publicaciones El ciclo M – D – M se recorre en su totalidad tan pronto como la venta de una mercancía arroja dinero y éste es absorbido por la compra de otra mercancía. Si, a pesar de ello, el dinero afluye a su punto de partida, es porque todo ese proceso se renueva o repite. Si vendo un quarter de trigo por 3 libras esterlinas y con estas 3 libras esterlinas compro un traje, habré invertido definitivamente, en lo que a mí toca, esta cantidad. Esas 3 libras esterlinas ya no tienen nada que ver conmigo. Han pasado a manos del sastre. Si vendo un segundo quarter de trigo, volverá a refluir a mis manos dinero, pero no ya en virtud de la primera transacción, sino por obra de otra distinta. Y este dinero se alejará nuevamente de mi tan pronto como cierre la segunda transacción y vuelva a comprar. Por tanto, en la circulación M – D – M, la inversión del dinero no tiene absolutamente nada que ver con su reflujo. En cambio, en el ciclo D – M – D el reflujo del dinero está directamente condicionado por el carácter de su inversión. De no producirse este reflujo, la operación, fracasa o el proceso se interrumpe y queda truncado, por falta de su segunda fase, o sea de la venta que completa y corona la compra. discotecas en alicante Como se ve, los cambios efectivos que pueden darse en la mag­nitud del valor, no se acusan de un modo inequívoco ni completo en su expresión relativa o en la magnitud del valor relativo. El valor relativo de una mercancía puede cambiar aun permaneciendo constante el valor de esta mercancía. Y viceversa, puede ocurrir que su valor relativo permanezca constante aunque cambie su valor. Finalmente, no es necesario que los cambios simultáneos experimen­tados por la magnitud de valor de las mercancías coincidan con los que afectan a la expresión relativa de esta magnitud de valor.22 guia ocio lleida A la vista de esta notable intensidad que ya en 1844 había cobrado el trabajo bajo el imperio de la ley de las 12 horas, no parecía infundada la declaración hecha en aquel entonces por los fabricantes ingleses de que ya no era posible avanzar un paso más en esta dirección y de que, por tanto, todo lo que fuese reducir más la jornada de trabajo equivalía a acortar la producción. Nada demuestra mejor la aparente exactitud de su razonamiento que las palabras que hubo de escribir por aquel entonces su incansable censor, el inspector fabril Leonhard Horner: Pisos de particulares en Barcelona 49 H. Fawcett, profesor de Economía política en Cambridge, The Economic Position of the British Labourer, Londres, 1865, p. 120.

Publié par hactorinto à 17:50:26 dans hactorinto | Commentaires (0) |

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